Se ha ido el hombre que leyó toneladas de textos y que veía a los artistas como personas a las cuales proteger y respaldar. El señor de las utopías letradas.
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Quién sabe cómo lo manejaba internamente. Quién sabe qué pensaba cuando la soledad lo asaltaba, una que otra noche, por ejemplo durante aquellos días en los que los empresarios de un canal de suscripción por cable le fueron cortando los espacios culturales para reemplazarlos por programas de entretenimiento. -La cultura no da plata-, le decían. Quienes lo rodeaban, los más de ellos, nunca llegaron a saber qué pasaba por su mente cada vez que se cerraba una puerta, porque siempre mantuvo una suerte de entusiasmo que parecía infranqueable, con el que inspiró a decenas de escritores, cineastas, músicos y periodistas a seguir peleando por un mundo que ya parece no tener espacio para el arte.
Era Jorge Consuegra, el Quijote de la cultura en Bogotá; el que recorrió América Latina, allá en los años 70, en busca de historias para la revista en la que trabajaba; el revolucionario; el que se disfrazó de cura para evadir las dictaduras en medio de su recorrido por el Cono Sur: el que pregonaba que el sur es nuestro, el Hombre que leyó toneladas de textos y que veía a los artistas como personas a las cuales proteger y respaldar. El señor de las utopías letradas.
Mientras vivió, más de un artista llegó a él, perdido, vacilando sobre si continuar o no en el oscuro bosque de la cultura en Colombia. –Sea verraco- decía, como parte de un repertorio en el que también gozaban de cierta reputación sentencias como –No vinimos con rodilleras al mundo-. Animaba a unos y a otros a seguir, mientras buscaba apoyo de otros periodistas para visibilizar las propuestas, y hasta proyectos laborales para los de peor situación económica.
Jorge Franco fue uno de ellos. Acababa de obtener un par de reconocimientos por su joven obra y llegó a una entrevista con Consuegra, esperando, -quién sabe-, encontrarse con uno de esos divos de la cultura que han caído en la sutil trampa del ego. Pero lo que Franco halló en su tocayo fue un amigo y un aliado sincero, un mentor que buscó contactos en el mundo editorial y de la prensa para hacerlo más visible. La ayuda fue vital y la amistad se mantuvo hasta el último día. “Mi gratitud para siempre, Jorge Consuegra, por tu apoyo desde mis comienzos”, escribió el autor de Rosario Tijeras en sus redes sociales, al saber de la muerte del periodista.
No fue el único caso. Varios periodistas y artistas independientes gozaron del mismo trato afectuoso de Jorge Consuegra y han venido escribiendo, desde hace unas semanas, vivencias de gratitud hacia el también docente, Consuegra. A un indeciso, cuya primera novela no se atrevía a publicar, le escribió una reseña, publicada en varios medios, en la que no faltaron los elogios para su prosa. El empujón le sirvió para tirarse al ruedo y hoy está ad portas de terminar su tercera novela, que será editada por la más importante editorial del país.
A Consuegra, la vida le recompensó su bondad con una jovialidad que mantuvo por décadas. Leyó toneladas de libros y participó en un sinnúmero de programas televisivos y emisoras, hablando en uno y otro lado de la última película, de la más reciente novela, de la más desconocida pero prometedora canción. Desde finales de los ochenta dedicó su tiempo a la agencia cultural Libros & Letras, cuya información replicaban medios de todo tipo. Verlo, era ver a un ser de una energía descomunal. No militó en las grandes ligas, pero de todos los medios le llamaron, en algún momento, para nutrirse de sus ideas y temas. Los años no le afectaron el ego ni la firmeza en su voz de locutor. De no ser por las canas, los únicos vestigios del paso del tiempo, más de uno habría pensado que se trataba de otro de esos jóvenes entusiastas, que quieren cambiar el mundo porque no han vivido lo suficiente.
Por eso, y pese a que por años se le vio luchando contra una leucemia pertinaz, más de uno se sorprendió con su partida, el pasado 20 de mayo. Era un viernes. El fin de semana, los medios, algunos con periodistas educados por él, se deshicieron en reseñas sobre el autor de Bogotá curiosa y Colombia curiosa, dos de sus libros. El primer lunes, después su muerte, la gente se reunió en una iglesia adventista, para honrar su cuerpo ya sin él, y contarse entre ellos, cómo y cuándo los había ayudado Jorgito Consuegra.
Hablaron, en tímidos diálogos, músicos, escritores, poetas, docentes y estudiantes. Hablaron de su legado y del agradecimiento que prácticamente se olía en el ambiente. Todos, o los más de ellos, se comprometieron a seguir escribiendo, a mantener su causa viva. Todos en deuda. Todos agradecidos por haberlo conocido.
De lo que nadie habló ese día, es de quién sería capaz de tomar su barco paternal: su rol en el mundo, que consistía en ser el padrino de todos: en forjarse como lo que Álvaro González llamaría “el Quijote cuyo Sancho todos queríamos ser”. Nadie formuló la pregunta, porque nadie tenía la respuesta. Ni siquiera el periodista y músico que escribe estas palabras, que también fue beneficiado por su sonrisa y amistad y que lo extraña inmensamente, como se extraña a quien es irremplazable.
Chris Mosquera.
Facebook: chrismosquerag
Desde GO recordamos y agradecemos a Jorge Consuegra, quien con nuestra primera edición apareció como un ser mágico. Comenzó apoyarnos, impulsarnos, acompañarnos, guiarnos…
De manera generosa y desinteresada estaba presente; por la alegría de ver nacer un proyecto cultural y de ocio por Bogotá. Realizamos varias iniciativas conjuntas, como el Concurso de Cuento GO – Libros & Letras con varias versiones.
Gracias Jorge! Gracias por creer en nosotros, gracias por creer en GO. Cada nueva edición será un homenaje a seres como tú.